Por HELENO SAÑA.
Filósofo.

No deja de ser sorprendente el radical contraste que existe entre el altísimo nivel científico y técnico alcanzado por nuestra civilización y el primitivismo que reina en otros ámbitos de la realidad, trátese de la política, la economía, los “mass media”, las relaciones interhumanas y sociales, el civismo, la cultura o la moral en general. Somos capaces de fabricar los productos más sofisticados, pero no de administrar la sociedad con un mínimo de competencia. De ahí que todo funcione cada vez peor, por mucho que los estratos dirigentes nos aseguren día tras día todo lo contrario. No dan pie con bola, las señorías que rigen el mundo, con la excepción de velar por sus propios intereses, una faceta de su personalidad en la que se revelan como consumados expertos. Dicen los sociólogos encargados de elaborar eslóganes gratos al sistema que vivimos en la “sociedad del conocimiento”. Es posible que sea así, pero con no menos razón podríamos definir la hora histórica actual como la sociedad del hambre, la miseria, la precariedad laboral, el “dumping” salarial, el paro crónico, la injusticia distributiva, el darwinismo social, la inseguridad, el miedo ante el futuro o la lucha inmisericorde de todos contra todos. Pero también estaría justificado definir el orden imperante como la sociedad del cinismo, el doble juego, la mentira y la instrumentalización constante de la verdad con fines bastardos. Y no menos lógico sería hablar de una sociedad regida por el principio de lucro, la codicia material y el culto a Mammon.

Yo prefiero llamarla la sociedad del desconocimiento de las reglas más elementales de la ética y la equidad. Y si nos atenemos a la tesis socrático-platónica de que el único conocimiento verdadero es el del bien, tendremos razones para hablar incluso de la sociedad de la ignorancia. Y así es, en efecto: ignorancia de las verdaderas necesidades del hombre, de cómo debe regirse una sociedad mínimamente justa y racional, de evitar que unos gocen del cuerno de la abundancia y de que otros no tengan donde caerse muertos, como ocurre hoy no sólo en los países del Tercer Mundo. ¿Qué decir de una sociedad del conocimiento que además de no solucionar ninguno de los viejos problemas de la humanidad –la penuria material en primer lugar- engendra aporías y anomalías desconocidas de otros modelos de civilización? Y la lista es larga: deformación y destrucción de la naturaleza, contaminación del aire que respiramos, adulteración de alimentos, fabricación de fármacos con fines no necesariamente curativos, mientras que el 85 por ciento de los habitantes del globo no están en condiciones de adquirir los medicamentos que su estado de salud les exige. Sí, conocimientos no faltan, sobre todo cuando se trata de explotar a los débiles y necesitados, de llenarse las faltriqueras a costa del trabajo ajeno y de inventar toda clase de subterfugios para difundir patrañas como la de llamar gobierno al desgobierno actual o progreso a lo que no es más que regresión e involución.

Se equivocaba Joseph Schumpeter al afirmar en su libro “Capitalismo, socialismo y democracia” que el rasgo fundamental del capitalismo es la “destrucción creadora”. Pienso que sería más exacto suprimir la segunda palabra y dejar sólo la primera. El capitalismo no puede ser creador porque su misma génesis o motivación no es la de humanizar las condiciones de vida del hombre, sino la de multiplicar como sea y por todos los medios los beneficios de las empresas y sus accionistas. Pero como ya sabía aquel gran escritor y sacerdote llamado Georges Bernanos, el dinero no legitima nada. Pienso lo mismo, sobre todo cuando este dinero ha sido obtenido quitándoselo brutalmente a los que más necesitados están de él, que es exactamente lo que hace el capitalismo desregulado y salvaje que se ha apoderado de todos los confines de la tierra e implantado en ellos lo que la politóloga Vivianne Forrrster ha llamado “horreur économique”.

¿Sociedad del conocimiento? Sí, pero sólo para lo que conviene a los intereses de sus administradores. De ahí que todo lo demás les tenga sin cuidado.

Heleno Saña