Por  JOSE LUIS BALBIN.      

El pasado día 21 se celebró el “Día Internacional del perro”. Una efemérides sin duda alguna merecidísima y que desde mi punto de vista debería hacerse extensible a todos los días del año.

Los perros se han ganado a pulso la definición de “mejor amigo del hombre”. No sólo es un amigo fiel, es el colaborador eficaz y decisivo en la búsqueda de personas enterradas bajo los escombros en  conflictos  bélicos,  catástrofes naturales o cualquier  tipo de accidente; es un colaborador eficaz y decisivo en la detención de delincuentes; es un colaborador eficaz y decisivo en la detección de droga y de quienes trafican con ella; es el compañero que alivia la soledad de tantos ancianos abandonados a su suerte por aquéllos que  no tienen ni un ápice de la humanidad que tienen ellos, aunque no sean seres humanos; es el fiel compañero de juegos que enseña a nuestros niños el sentido de las palabras amistad y lealtad.

Lamentablemente, ésta fidelidad es “recompensada” por  unas cifras alarmantes de abandonos que se incrementan en época estival. Los datos de la OMS a éste respecto son escalofriantes.

He tenido tres generaciones de perros, Trasgu y Xana; Portos y Xanadú y en éstos momentos, Tao y Wendy que se van haciendo mayores. Los seis han formado parte de mi vida como un miembro más de la familia y no tengo más que buenísimos recuerdos de ellos incluso del único momento en que Xana se me enfrentó con un gruñido amenazante.

 Llevaba toda la razón del mundo. Acababa de tener una camada de nueve cachorros y un día me empeñé en hacer entender a uno de ellos con un manotazo, suave eso sí, algo que había hecho mal repetidamente pero que aún no estaba capacitado para entender. Su gruñido me impresionó. Su instinto de protección y amor de madre, se impuso al que me tenía a mí. Aprendí la lección.

Hay muchos recursos antes que dejar a un perro abandonado. Lo primero y principal es pensárselo bien antes de llevarlo a casa. Un perro es un ser vivo, no un juguete. No es obligatorio tener perro, por lo tanto si se tiene, debe ser asumiendo la responsabilidad que se adquiere durante diez, doce o catorce años según la raza. Y en segundo lugar,  en caso de que por razones de fuerza mayor no se le pudiera seguir cuidando, siempre están los refugios y las adopciones.

Ojala que la estampa veraniega de perros abandonados deambulando por la calle y carreteras tristes, desorientados, heridos  y hambrientos desaparezca pronto de nuestro paisaje veraniego. Sería un buen síntoma. Ellos nunca lo harían.